- Alfonso González Fernández presentó «Entre la ingeniería y el ingeniero» en el Centro Cultural Olimpo, ante una sala audiovisual llena de amigos, colegas y familia.
Guayabera blanca, lentes al filo de la nariz, pluma en mano. Al terminar, el ingeniero Alfonso Alberto González Fernández se sentó a firmar ejemplares bajo el lienzo de Kóokay Ediciones. Antes, durante casi dos horas, había hecho algo más difícil: resumir 40 años de oficio sin sonar a discurso.
El libro reúne 484 páginas. El autor asegura que le sobra material para otros 10.

Sin nombres, con circunstancias
Lo acompañaron en la mesa el ingeniero Tuffy Gáber Flores, la exgobernadora Dulce María Sauri Riancho y el escritor Jorge Cortés Ancona, como moderador.
Gáber Flores subrayó el valor anecdótico del volumen y el arrojo del autor para entrar a temas incómodos de su paso por los organismos gremiales de Yucatán, México y el mundo.
González Fernández agradeció sus «minutos de fama» y explicó una decisión de método: escribió las anécdotas sin nombres propios. «Sin nombres, sino circunstancias», dijo. La esencia es lo que vale.

El salmón y Cabo Verde
Sauri Riancho hizo el recorrido del libro. Habló del niño que viajó a la Ciudad de México y volvió en ferrocarril, del hombre que siempre nadó como salmón, contra la corriente, y de su participación en las negociaciones del Tratado de Libre Comercio.
Enumeró también las decenas de viajes que hizo como líder mundial del gremio. Entre ellos, Cabo Verde: el punto del Atlántico donde nacen la mayoría de los huracanes que a veces golpean Yucatán.
De ahí salieron sus preguntas al autor. El ingeniero del futuro, la inteligencia artificial y el lugar de las mujeres en la ingeniería.

Disciplina, organización, ética
La respuesta del autor fue práctica, sin adornos. El ingeniero que viene necesita capacidad de organizar y de argumentar, y encarar los problemas sin miedo. Todo lo demás se aprende.
Insistió en un método simple: donde uno llegue o represente a alguien, hay que vigilar que cada cosa se haga con cuidado. Y en un límite: echar tierra a otros es un contrasentido, es tirar el tiempo a la basura.
Sobre las mujeres fue directo. La ingeniería no puede relegarlas; la mesa donde él se sentó, primero como presidente del Colegio de Ingenieros Civiles del Sureste, luego de la Federación nacional y después del Consejo Mundial, es la misma mesa que ellas deben ocupar.
Habló de disciplina educativa. Puso el contraste chino: 11 años de formación entre licenciatura, maestría y doctorado para competir de tú a tú. En México, dijo, regalar pases directos a la universidad no forma a nadie.
Y cerró con la ética, que consideró la única herramienta que funciona igual en cualquier país.

Tocar, tocar y patear
Recordó un consejo del extinto gobernador Víctor Cervera Pacheco: si no te abren la puerta, toca y vuelve a tocar; si no abren, patéala.
De los años difíciles resumió: «Ha valido la pena quedarse atrincherado y aceptar la metralla». Y dejó la frase de la noche.
«Si te lanzan piedras, tómalas y agradécelas, porque con esas piedras pavimentarás tu camino».
Fue una noche de amigos. Un público que escuchó, aprendió y se quedó a la firma.








