Nadie puede imaginar que el futbolista de la talla de Marcos Urbina Blancas esté preparando a la nueva generación de deportistas yucatecos en el campo llanero de la colonia Manuel Ávila Camacho, enclavado en el oriente de la ciudad de Mérida, en una zona popular. Él también es popular. Fue un niño que vivió condiciones precarias como muchos otros, que jugaba descalzo por carecer de zapatos para este deporte que es su pasión, su vida. A los 40 años, el michoacano ha encontrado en la tierra maya el escenario perfecto para cerrar el círculo: de aquel pequeño que escondía sus travesuras futbolísticas a su padre, ahora es quien descubre el talento oculto en otros niños.

La historia de Urbina comenzó como la de miles de niños mexicanos: entre carencias y sueños gigantes. En Los Reyes, Michoacán, su padre Luis trabajaba en la extinta Junta de Caminos mientras su madre se encargaba del hogar. El problema no era que Marcos quisiera jugar fútbol —eso era inevitable desde los tres años—, sino que cada patada significaba otro agujero en sus únicos zapatos de fútbol que terminó por “despedazar” y entonces empezó a jugar descalzo. «Jugaba descalzo porque después de tanta regañada, iba a la escuela, terminaba, me quitaba mis zapatos, me iba al campo y al regresar a casa me los volvía a poner para que mi mamá los viera limpios», recuerda con una sonrisa que mezcla nostalgia y orgullo.

De los zapatos rotos a forjar campeones: La segunda vida de Marcos Urbina

Oportunidad que cambia vidas

El destino, como en las mejores historias del fútbol mexicano, tocó a su puerta cuando menos lo esperaba. A los 11 años, mientras él seguía con su ritual de zapatos escondidos, el director de un colegio particular llegó a su casa para invitarlo a unas visorías de Morelia. La respuesta inicial de don Luis fue predecible: «No tenemos para pagar una colegiatura». Pero cuando le explicaron que no cobraban nada, que querían ayudar a su hijo, el mundo de Marcos cambió para siempre. Quince minutos bastaron en esa audición para que los ojeadores pidieran sus datos y le dieran fecha para presentarse en Morelia.

Durante una década, la casa club de Monarcas se convirtió en su hogar, escuela y campo de batalla. Allí aprendió que en el fútbol profesional no hay lugar para la nostalgia: «En el momento que bajes tu rendimiento, se te quita la comida, se te quita la casa», explica con la crudeza de quien conoce las reglas del juego desde adentro. Compartió vestuario con figuras como Memo Ochoa, Rafael Márquez Lugo y Moisés Muñoz, bajo la tutela de entrenadores de la talla del Tuca Ferretti y Mohamed. Era el lateral izquierdo que después se convirtió en defensa central, el michoacano que aprendió a leer el juego como otros leen libros.

De los zapatos rotos a forjar campeones: La segunda vida de Marcos Urbina

Raíces, éxito y amor encontrados

Su carrera lo llevó por diversos equipos: Atlante, el propio Morelia en diferentes etapas, hasta llegar a Yucatán con Venados, donde conquistó un campeonato pero perdió una final de ascenso que aún le duele. «Cuando vengo con Venados, salgo campeón y me enamoro de acá», confiesa. Consiguió trabajo en el gobierno estatal y decidió echar raíces en una tierra que lo adoptó como hijo. Se casó con una yucateca, tiene 2 hijos, uno de siete y la niña de 15, y nunca más regresó a vivir a Michoacán, cumpliendo casi al pie de la letra las palabras proféticas de su padre: «Ándate hijo, busca tu vida y no regreses». Solo cada año visita a sus padres.

Ahora, en ese campo de la Manuel Ávila Camacho que puede parecer modesto comparado con los estadios donde brilló, Urbina ha encontrado su verdadera vocación. En apenas tres meses de haber abierto su escuela de fútbol, ya cuenta con casi 60 alumnos. Su ojo clínico, curtido en años de alta competencia, puede detectar el talento como un buscador de oro identifica las pepitas entre la arena. «Cuando el niño trae talento y puede llegar, se nota», asegura con la autoridad de quien ha estado en ambos lados de la cancha. Además de su larga trayectoria, tiene estudios en idiomas y muchos cursos de entrenador.

Sacrificio, esfuerzo y constancia indispensables

La filosofía que transmite a sus pupilos es la misma que lo llevó de los zapatos rotos a los estadios profesionales: «El sacrificio no se negocia, el esfuerzo no es negociable». A diferencia del caso excepcional de Chicharito Hernández —»fue uno en mil, no va a volver a pasar»—, Urbina predica que el éxito en el fútbol requiere del proceso completo: fuerzas básicas, constancia, paciencia y, sobre todo, el apoyo familiar. «Si mi papá y mi mamá no me dejan salir de casa para ir a vivir solo, creo que ahí se habría roto el sueño», reflexiona.

En las tardes meridanas, mientras observa a sus alumnos correr por ese campo que es su nuevo reino, Marcos Urbina Blancas sabe que ha completado el círculo perfecto. El niño que una vez jugó descalzo por no romper sus únicos zapatos ahora está construyendo los sueños de otros niños, quizá algunos también sin zapatos adecuados. Su historia es la prueba viviente de que en el fútbol, como en la vida, no importa tanto de dónde vienes sino hacia dónde te diriges y qué tan dispuesto estás a sacrificarte por llegar ahí. «Si hoy me tuviera que morir, me iría muy contento», dice con la tranquilidad de quien sabe que su legado está asegurado en cada pequeño futbolista que patea el balón en su escuela del campo llanero.

ACOM