viernes, octubre 30, 2026

Persiguiendo el sueño americano: yucatecos en California

California, Estados Unidos; 31 de diciembre de 2017 (Guadalupe Sosa y Thelmo Zapata/Especial).- Una madrugada de hace 33 años, el misionero católico Thomas Gowing miró al cielo desde Peto para pedir perdón a Dios. Silver Canul, quien de niño fue su monaguillo, lo convenció de ayudarlo a cruzar la frontera, quería ir trabajar, ganar dinero y escapar de la pobreza que miraba al salir a las calles de su pueblo. Y así emprendió el viaje, como lo han hecho 180 mil yucatecos que migran en busca de una oportunidad de alcanzar el «sueño americano», que para los habitantes de la península del sureste mexicano, se resume en una casa de concreto y ahorros para poner un negocio en su comunidad.

Silver cumplió la promesa que hizo a los 19 años. No solo trabajó duro, ahora a sus 52 años, es propietario de los restaurantes Silver’s at The Wharf y Mayan Fusion, en Fort Bragg, un pueblo turístico de 7,500 habitantes al norte de San Francisco, California. Su rostro ha aparecido en portadas de revistas que lo reconocen por sus habilidades y desempeño como chef ejecutivo en el condado de Mendocino. El joven que se rompió los meniscos para huir de la patrulla fronteriza, ahora se pasea en las pintorescas calles en su Ford Thunderbird, automóvil clásico de los setentas, con su inseparable copa de vino.

Sentado en una mesa de su restaurante, con vista a la bahía del Noyo y al Océano Pacífico, Silver tiene muy claros los recuerdos desde la madrugada que cambió su vida, cuando el misionero católico de la Congregación Maryknoll aceptó llevarlo a más de cinco mil kilómetros de su hogar, en busca de una calidad de vida que en Peto no encontró con sus trabajos de brechero (limpeza de caminos), asador de pollos o mesero. Nada de eso alcanzó.

Y vaya que lo intentó, tras ocho años de estar en el extranjero logró reunir 20 mil dólares, con los que regresó a Peto, donde logró construir una casa. El único trabajo que consiguió fue de vigilante en el supermercado San Francisco de Asís, cuando cobró la primera quincena vio la realidad de casi la mitad (41.9%) de los dos millones de habitantes de Yucatán que viven en condiciones calificadas como pobreza (que se miden en seis indicadores: rezago educativo, acceso a la salud, seguridad social, vivienda, servicios básicos y alimentación) de acuerdo con el informe 2010 del Consejo Nacional para la Evaluación de la Política Social (Coneval).

Silver tenía que trabajar quince días para ganar lo que en tan solo unas horas obtenía en California. La migración fue, de nuevo, su única opción ante los salarios de Yucatán, que rondan los 6 mil pesos, de acuerdo con estadísticas del Inegi en su Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), y que poco alcanzan para cubrir necesidades tan básicas como la alimentación, educación y salud de sus habitantes.

Como el 67% de los 180 mil yucatecos (que representan un 9% de la población estatal) que, según estimaciones del Instituto para el Desarrollo de la Cultura Maya (Indemaya), radican en Estados Unidos, especialmente en California, lugar elegido sobre todo por su cercanía con México y su desarrollada economía, que si fuera un país independiente sería la sexta mejor del planeta, con una tierra fértil para quien desea encontrar empleo, Silver no hablaba inglés. Lo único que sabía decir era «yes» (sí).

Su primer trabajo fue en la pizca de chícharos, habas y ordeñando vacas. Era una vida de campo que mantuvo por dos años, hasta que comenzó como lavaplatos en el restaurante «Heritage House«, labor que compaginaba con otros lugares donde fileteaba pescado y capturaba erizo de mar, actividad característica del condado de Mendocino.

Su primera gran oportunidad se la dio una chef de «Heritage House», quien lo inició como preparador. En poco tiempo, ya estaba de aprendiz de chef. A meses de su entrenamiento ya conocía los menús, los platillos especiales, los cortes de carnes y temperatura exacta de cocción. Con su nuevo rango de Line cook job, el tercero en la línea de mando del chef, pasó de ganar 4.25 a 9 dólares por hora.

Pasaron dos años, cuando llegó al restaurante Eric Leaner, chef estadounidense con estudios en Francia. El nuevo estilo chocó con el entrenamiento de Silver, quien nada pudo hacer con el menú hecho a la francesa: todos sus platillos de la cena fueron regresados ya que no pasaron el estricto control de calidad del paladar del nuevo chef. Y para terminar con su orgullo, ese mismo día, lo bajaron de rango.

«Me dolió que me dijera que no sabía, me picó el orgullo. Y le pedí que me enseñara, (le dije) que si no aprendía me quedaba a lavar platos. Le gustó mi osadía y me dio la oportunidad de aprender», recuerda Silver, quien ahora dirige un equipo de casi cien personas.

En su libreta apuntaba las recetas y todo lo que el chef hacía, Silver lo traducía del francés al maya, pues para él era más fácil de recordar. Una semana después de entrenarse, llegó su prueba y la pasó, sus platillos no fueron rechazados y el chef celebró el buen trabajo con una botella de vino tinto.

Un mes después, el chef Eric, quien años más tarde se convirtió en su amigo, reconoció que tenía el paladar y un «sensor» para saber el tiempo y la temperatura exacta del cocimiento de cada platillo, lo necesario para ser un profesional de la cocina.

«Pensé que estaba loco ese cabrón», recuerda. Pero allí vio una oportunidad y no la desaprovechó y pidió que le enseñara aún más, quería aprender su estilo.

Silver aprendió muchas cosas que han permitido el éxito en su negocio: cómo hacer un inventario, crear un menú, elegir vinos, tratar a los vendedores y hacer rendir el dinero. Pasaron cinco meses y de nuevo lo felicitó, ya había aprendido las habilidades para ser un buen chef, podía trabajar con calma en la cocina a pesar de la presión a la que estaban sometidos.

Entre broma, recuerda que lo único que le molestó a su mentor fue que este tuvo que pagar 55 mil dólares en Francia para lograr ser un chef ejecutivo, algo que Silver logró en unos cuantos meses por sus habilidades.

Su ciclo en «Heritage House» se cerró e inició una etapa en el restaurante «Little River Inn», como segundo al mando de la cocina. En los días de descanso del chef ejecutivo, Silver tomaba la batuta, lo que se reflejaba en un aumento de comensales, pero cuando el yucateco se ausentaba, las ventas disminuían un 30%.

Fue cuestión de tiempo para que asumiera la titularidad del restaurante. En menos de dos meses duplicaron las ventas. Ante los buenos resultados, los dueños lo mandaron a la escuela «Stone Castle» en Santa Helena, que le dio el respaldo académico que le permitió obtener el título de Chef Ejecutivo. Fue una etapa de consolidación de 14 años, hasta que decidió emprender su propio negocio.

Silver ya se había hecho de un nombre, había aparecido en revistas y el restaurante era uno de los mejores de la zona. Era el momento para que, junto con su hermano y mancuerna en la cocina, Juan Pablo, iniciaran el negocio que le cambiaría la vida.

En un receso en la búsqueda de locales para su primer restaurante, llegaron al «Wharf» a tomar una cerveza. Era un restaurante con 60 años de tradición, con capacidad para 300 personas y una vista espectacular. Por curiosidad preguntaron el precio de venta: costaba 900 mil dólares, cifra lejana al presupuesto de 70 mil que tenían por la hipoteca de la casa de su hermano. Por su costo tan alto, se retiraron del lugar, sin embargo, un inversionista creyó en su proyecto e iniciaron en el año 2005 con 350 mil dólares, y una deuda a pagar por 10 años. Fue en el 2013, ya con el adeudo liquidado, cuando Silver y su hermano por fin comenzaron a ver sus ganancias.

A 12 años de iniciar su proyecto, «Silver’s at the Wharf» es un negocio consolidado que emplea a 75 personas en invierno y 90 en verano. En la cocina, como en numerosos restaurantes de California, los trabajadores son yucatecos, específicamente de Peto, quienes llegan a servir en días feriados hasta 700 cenas y 400 almuerzos.

La palabra que define a Silver es persistencia. Ha logrado éxito en el extranjero, pero aún sueña con volver a la tranquilidad de su pueblo, para hablar maya con sus paisanos y con las vendedoras del mercado donde compra especias y condimentos, tal y como lo hace cada año cuando regresa de vacaciones.

Roberto «Rocky» Tapia, Rocky’s Pizza

En la calle Alvarado, de Monterrey, California, a unas dos horas al sur de San Francisco, el corazón del petuleño Roberto Tapia se aceleraba cuando la lista de pedidos del restaurante de comida italiana «Cibo» llegaba hasta el piso. La presión era parte del trabajo al que el «dream team» de yucatecos, -como los había bautizado «Mama Rosa» la propietaria del negocio-, estaba acostumbrado.

En la bahía de Monterrey, a mediados de los años 90’s, el equipo de cocineros del restaurante italiano estaba comandado por Roberto Tapia, un petuleño que inició de lavaplatos a los 19 años y, tras ocho años de trabajo, logró ascender a encargado.

Hoy, 30 años después, el exmigrante también tiene a cargo un equipo de trabajo pero ahora en «Rocky’s«, una famosa pizzería en Peto, municipio ubicado a unos 150 kilómetros al sur de Mérida, que es de su propiedad.

Rocky, como lo conocen en la villa sureña, también persiguió el sueño, -como lo han hecho 10 mil habitantes de Peto que ahora viven en Estados Unidos, el 90% sin documentos-, se fue a trabajar para regresar con dinero suficiente para construir una casa de concreto y poner un negocio que les permita salir de la pobreza que impera en la comunidad.

Su aventura comenzó a los 18 años; su padre, propietario de la paletería «Martha»,  que se encuentra en el centro de Peto, quiso que estudiara una carrera, pero Rocky se negó. Optó por irse a probar suerte a Estados Unidos. Como él, otros tres yucatecos cruzan a diario la frontera estadounidense sin papeles, de acuerdo con cifras 2017 del Consejo Nacional de Población (Conapo). En un año, serán cuando menos 1000 personas nacidas en Yucatán quienes, como Rocky, dejarán atrás sus pueblos, familia y costumbres por muchos años.

Rocky cruzó la frontera por Mexicali, Baja California. Al salir apresuradamente de la cajuela del auto en el que viajaba junto con otras seis personas, dejó olvidados sus zapatos tenis. Y así se arriesgó tres días al desierto. Caminaban de noche para esconderse de la policía fronteriza. En la travesía pisó un erizo del desierto y, a pesar del dolor, logró llegar con sus dos amigos a Los Ángeles. De allá fueron trasladados a Monterrey, una ciudad de California de, en ese entonces, unas 30 mil personas.

Durante tres meses, junto con sus dos compañeros, vivió en una camioneta. No conseguían trabajo porque no hablaban inglés, pero aprovecharon el tiempo para tomar clases y las cosas mejoraron. Rocky comenzó a laborar en el restaurante de comida mexicana «Casa Díaz», pero este cerró luego de un año.

Su siguiente trabajo fue como lavaplatos en el restaurante de comida italiana llamado «Cibo«. Luego de meses de estar en la escala más baja y de menor paga en la industria restaurantera ascendió como preparador, luego a cocinar pastas y, de allí, a la parrilla de carnes.

Ocho años después, llegó a ser manager (encargado) y procuró tener un equipo de cocineros originarios de Peto quienes, acostumbrados a las temperaturas de hasta 42 grados de su pueblo, soportaban arduas jornadas de trabajo en el calor de las cocinas.

Rocky, además del reconocimiento laboral, también se ganó el cariño de la propietaria a quien llamaba «Mama Rosa». La mujer, originaria de Italia, lo enseñó a cocinar y le daba libros de cocina en inglés para que preparase platillos especiales.

«Mama Rosa me quería mucho, cuando me iba a vacacionar a México ella lloraba, temía que no regresara», recuerda entre risas.

Al retornar de su descanso anual, fue detenido en migración. El Gobierno de Estados Unidos descubrió que uno de sus documentos, una carta de empleo, fue expedida de manera fraudulenta por una persona en Canadá. Rocky tenía dos opciones: regresar a su pueblo en Yucatán o volver a la Unión Americana, donde sería encarcelado 10 años por adquirir papeles falsificados.

Así, regresó a Peto de manera definitiva luego de casi 15 años. Extrañaba de Monterrey las calles amplias, ordenadas y el respeto de los conductores a los señalamientos de tránsito, lo que contrasta con las calles de su pueblo que son pequeñas, con baches y escenario de múltiples accidentes por la falta de precaución de motociclistas y conductores.

Sin trabajo, y animado por vecinos que sabían de sus habilidades como pizzero, comenzó a vender por encargos que promocionaba casa por casa. Su fama creció y en poco tiempo montó una cocina que habilitó en el terreno que había adquirido con sus ahorros de los Estados Unidos. Lo único que tenía era una palapa y tres mesas. Cinco años después, ya era dueño de un restaurante en forma y con una larga lista de espera de comensales de Peto y municipios cercanos.

A pesar de ser un lugar con una derrama de recursos económicos que genera la economía de remesas de migrantes (en 2016 los yucatecos enviaron 142 millones de dólares a sus comunidades de origen según la Conapo) Rocky dice que en Peto no existían lugares para ir a comer y pasar un rato agradable. La cocina italiana era poco conocida pero, con el paso del tiempo, él la popularizó.

Rocky aprovechó los conocimientos y enseñanzas de su mentora «Mama Rosa» para hacer una diferencia en las salsas con las que cocina sus pizzas y pastas, que le han merecido la preferencia de los comensales quienes saturan sus pedidos al grado de tener que suspender las ventas para sacar la producción, provocando el enojo de algunos clientes.

«Hay días que me siento a ver todo lo que ya logré. Pienso que ya está más o menos como me lo imaginé, como los restaurantes de Estados Unidos donde estuve», expresa en un descanso antes de iniciar su jornada de trabajo.

Peto es uno de los municipios de Yucatán que más expulsa migrantes, sin embargo, no hay restaurantes ni establecimientos que ofrezcan servicios como los de la pizzería de Rocky.

Como otros petuleños que aman su municipio, Rocky añora su desarrollo y sabe que tienen toda la capacidad para lograr un empuje en la economía. «Yo quiero que Peto crezca, que pongan más restaurantes, aquí hay gente para todos», asegura.

Carlos Ojeda Cerón, investigador petuleño y doctor en Desarrollo Regional

Las cifras de remesas por la población migrante contrastan. En las calles de Peto y en la mayoría de municipios expulsores de migrantes de Yucatán, especialmente en la zona centro y sur del estado, se percibe una arquitectura de remesas que Carlos Ojeda Cerón, antropólogo petuleño y doctor en Desarrollo Regional, define como una mezcla de estilos, entre lo estadounidense, con sus grandes construcciones de concreto, y las tradicionales casas mayas de paja.

En ocasiones, estas casas se quedan a medio construir debido a que los migrantes son deportados, se quedan sin dinero o sus remesas se invierten en necesidades más inmediatas como la alimentación, vestido o el tratamiento médico de algún miembro de la familia.

Así, se ven grandes construcciones en obra negra. En Peto, por ejemplo, no se tiene una actividad económica que los identifique, pero hay un flujo constante de recursos gracias a la migración. «Si vemos los índices agrícolas y ganaderos, el proceso económico de Peto es prácticamente inexistente e insignificante; somos un municipio totalmente pobre, pero conservamos un cierto nivel de vida media gracias a la migración», acota Carlos.

Las familias del municipio se han vuelto especialistas en el proceso migratorio, aquí se fomenta entre los adolescentes que cuando crezcan se van a ir a los Estados Unidos.

Sin las remesas, admite Ojeda Cerón, Peto sería como en realidad es, una comunidad muy atrasada pero sin dinero.

El investigador lamenta que las autoridades locales no se hayan preocupado por promover que estos ingresos se inviertan de manera efectiva para el desarrollo del pueblo. No hay bancos, cines, ni ningún tipo de fomento a la cultura, al deporte, a la música o de la salud.

A su regreso, un deportado prácticamente no tiene ninguna posibilidad de establecer un negocio próspero o de conseguir empleo. Precisamente se fueron porque no había eso: oportunidades para hacer un poco de dinero para comer. En el migrante, añade, ocurre un proceso traumático porque debe darse cuenta que ya no está en Estados Unidos y tiene que readaptarse a su comunidad, de donde se fue por necesidad.

Antonio «Lindo» Burgos Zapata, La Flor de Yucatán

La añoranza y la nostalgia del hogar, de la familia y de la gastronomía fue la oportunidad que Antonio «Lindo» Burgos Zapata capitalizó para iniciar una panadería al estilo yucateco en Los Ángeles, California.

De acuerdo con información del Indemaya, los migrantes yucatecos están repartidos en 43 ciudades de EE.UU. como Portland, Oregón; Denver, Colorado; Seattle, Washington; Las Vegas, Nevada, y Dallas, Texas. Pero sin duda California es su destino preferido, allí está el 72% de la población.

La Flor de Yucatán es una panadería que inició en 1975 y tiene 42 años en su actual ubicación, al oeste del centro de Los Ángeles, a tan solo unas cuadras del Centro de Convenciones, del estadio de los Lakers y de la metrópolis angelina.

«Lindo», como es conocido entre sus clientes y amigos, llegó a EE.UU. en 1964, a los 23 años a la ciudad de Pasadena, California, donde fue empleado como lavaplatos.

Sus propios compañeros, con los que llegó a este país, lo animaron a establecer su panadería ya que «Lindo» les había platicado que hacía pan en Mérida, de donde es originario, pero por desconocimiento del estilo americano no se animaba a dar ese paso.

Con el transcurso de los años entró a trabajar a una panadería estadounidense para conocer las herramientas y saber «cómo se preparaba el pan de aquí». Fue entonces cuando empezó a pedir en renta hornos para hacer sus panes y, al estilo de su ciudad natal, salió a las calles a vender en su auto.

Recuerda que tanto en los cruces de las ahora mundialmente conocidas calles de Hollywood y Sunset Boulevard, al norponiente de Los Ángeles, tenía muchos clientes yucatecos que trabajaban en las gasolineras. «Lindo» cargaba la cajuela de su auto con 4 o 5 charolas para satisfacer las añoranzas de los paisanos hacia los panes yucatecos, que tuvieron gran éxito, sobre todo las hojaldras de jamón y queso, los tutis, cocotazos y las empanadas de camote.

«Lindo» ahorró hasta que pudo comprar un local en el cruce de las calles Pico y Union, donde en enero de 1971 nace formalmente la panadería La Flor de Yucatán, que en 1975 se trasladó a su actual ubicación en la calle Hoover.

La zona centro de Los Ángeles concentra a la comunidad de mexicanos y yucatecos y, a partir de 1980, de centroamericanos quienes también abrieron sus propias panaderías. A la par, surgieron otros dos restaurantes yucatecos: «Yucatán» y «El faisán y el venado».

Ante la competencia, «Lindo» se diversificó, y es a partir del año 2000 que empieza a vender cochinita pibil (el platillo regional por excelencia) -ahora vende 320 libras, unos 145 kilogramos, a la semana-, además de tamales yucatecos y otros platillos como brazo de reina, panuchos, salbutes, papadzules y relleno negro.

«Los domingos a las 6 de la mañana ya hay personas tocando a la puerta que anhelan comprar sus tortas de cochinita», dice entre risas. «Lindo» tiene clientes que conducen varios kilómetros desde ciudades vecinas como Pasadena, San Bernardino, Oxnard y Thousand Oaks para degustar la gastronomía de la región del sureste mexicano. Su clientela también incluye a asiáticos, estadounidenses y afroamericanos que gustan de la comida yucateca.

Su hijo Marcos, cuenta, ha aprendido el oficio, ya que desde los cinco años se metió a la cocina y ahora es el chef, panadero y repostero de La Flor de Yucatán.

Con el paso del tiempo, el negocio de «Lindo» se ha convertido en «proveedor oficial» del lunch y desayuno para dependencias gubernamentales de la zona como el Departamento de Agua y Energía de LA, al cual entregan unas 300 raciones de comida yucateca al día.

En La Flor de Yucatán también venden productos típicos importados de Yucatán como charritos, galletas Dondé, y refrescos Cristal, queso de bola y condimentos como achiote y pepita para papadzul entre otros, que son demandados por los migrantes que extrañan las costumbres y sabor de su lugar de origen.

Antonio Burgos espera que sus hijos puedan continuar con el negocio familiar que por más de cuatro décadas los ha sacado adelante, y que da empleo a su hijo el chef, su hija Annie como administradora, y además de a él y su esposa, como fundadores.

«Lindo» está satisfecho de sus logros lejos de casa: llegó a un país desconocido y sin saber inglés con el único objetivo de hacer dinero, pero fue más allá y terminó construyendo un patrimonio para él y sus tres hijos, quienes nacieron en los Estados Unidos, producto de su matrimonio con Rosy, una costarricense.

«Muchos hacen dinero, al volver a su tierra compran su casa, su buen carro… pero luego quedan ‘paletas’ porque lo que hicieron no fue suficiente. En mi caso dije, me quedo, aquí tiene que salir para lo que quiero. Así fue», relata antes de servir a los reporteros una bandeja de hojaldras de jamón y queso recién salidas del horno.

Juan Naal, Headlands Coffeehouse

Juan Naal llegó hace 27 años a Fort Bragg procedente de Peto y motivado por su hermano mayor. Tenía un propósito: juntar dinero para comprar una camioneta y poner en marcha un negocio de construcción en su natal Yucatán. Su plan original cambió, descartó la albañilería de su vida, y ahora es dueño de Headlands Coffeehouse, la cafetería más popular de la ciudad.

La idea inicial era estar tres años en Estados Unidos para ahorrar al menos tres mil dólares y regresar a México para concretar los planes que había hecho con su hermano, quien llegó a California en 1988.

Antes de cruzar la frontera como indocumentado, en una época que el antropólogo y especialista en migración Pedro Lewin Fischer identifica como el primer gran «éxodo» de yucatecos a Estados Unidos, Juan trabajaba como albañil en Cancún, en donde apenas y ganaba lo suficiente para sobrevivir. Por eso quiso aventurarse al extranjero «a ver qué pasaba».

Cuando llegó de 22 años (según Indemaya, el 45% de los migrantes yucatecos tienen entre 18 y 29 años) a la Unión Americana, en 1990, no sabía nada de inglés pero consiguió empleo durante dos años en una planta procesadora de erizo de mar, producto característico de Mendocino, condado en el que se sitúa Fort Bragg. En un inicio, entraba a las cinco de la mañana y tenía que caminar una hora para llegar, no obstante, con el paso del tiempo, logró reducir el tiempo de traslado al comprar su primera bicicleta.

De allí y hasta la apertura de Headlands, en abril de 1995, donde fue el primer empleado y se dedicó a limpiar las vajillas, Juan trabajó de lavaplatos en varios hoteles de Fort Bragg.

Degustando café en una de las quince mesas que alguna vez atendió como mesero, Juan, ahora de 49 años, cuenta que antes de adquirir el establecimiento tuvo tres empleos al mismo tiempo. Además de la cafetería, laboraba en un McDonald’s y en otro restaurante del pueblo. En total, solo dormía unas cinco o seis horas diarias.

Con el paso de los meses, Juan dijo a sus jefes en la cafetería que solo de lavaplatos «no le alcanzaba» y que tenía que hacer otra cosa.

«Fue así que me enseñaron a preparar el café, empecé poco a poco. En dos o tres años aprendí mucho y me ascendieron a manager (encargado) de la tienda», cuenta.

Naal, quien en 1999 se casó con Lenore, una estadounidense a quien conoció precisamente trabajando en la cafetería, agrega que los propietarios originales le ofrecieron el negocio cuando estos decidieron retirarse.

«Nos preguntaron si queríamos comprarlo, nos dijeron que no teníamos que darles nada de enganche, es por ello que a los once años de trabajar aquí (en 2006) decidimos comprar la cafetería», narra Juan, quien en diciembre de este año terminó de pagar la deuda y ahora puede vivir holgadamente.

Headlands, al estar ubicada en el corazón de Fort Bragg, a una cuadra de Main Street, la calle principal que atraviesa el pueblo de norte a sur, es un popular centro de reunión de los habitantes del lugar e incluso de ciudades cercanas, quienes llegan animados por el ambiente bohemio y el sabor de sus productos, especialmente del café espresso, preparado tal y como se acostumbra en Italia, pues las máquinas, con valor de aproximadamente ocho mil dólares cada una, fueron importadas con esa intención desde dicho país europeo.

«Viene mucho europeo, les encanta el café de aquí porque no es tan dulce como en otros lados. También les gustan los waffles, dicen que aquí saben como los preparan allá en Europa», asegura el empresario yucateco.

En sus palabras, Juan admite que «ya se regaló» en Fort Bragg. Aquí ha pasado más de la mitad de su vida lejos de su natal Peto, pero lo que más quiere está en Estados Unidos. En California están su esposa, sus hijos y el negocio que les ha permitido salir adelante.

Está muy feliz con lo que ha conseguido. Actualmente habla bien el inglés (entre risas dice que los hijos de su esposa Lenore le han ayudado a mejorar su pronunciación) y ya tiene casa propia. Para Naal, el éxito del «sueño americano» recae en la suerte, el trabajo duro y en no «meterse en problemas» con la policía, para así disminuir el riesgo de las temidas deportaciones.

Su natal Peto, al cual no visita desde hace nueve años, se ve muy lejano para Juan no solo geográficamente hablando. Tenía un terreno que con el paso del tiempo acabó vendiendo e inclusive, este año, cuando falleció uno de sus hermanos (además del que vive en Fort Bragg, tenía otros dos menores en México) no pudo viajar a su funeral por una emergencia de salud de su esposa en California, lugar que lo recibió con los brazos abiertos y que le ha permitido tener una calidad de vida muy superior a la que podría soñar si se quedaba en Yucatán.

«Ahora iría a Peto solo a pasar unos días, de vacaciones. Me gustaría hacerlo a finales del próximo año, a pasar la fiesta del pueblo y luego regresar aquí, a Fort Bragg, a mi casa», concluye.

Misael Pat, Fort Bragg Bakery

Es una noche fría y con mucho viento en Fort Bragg. Un hombre alto y fornido, de 31 años y 1.85 metros, oriundo de Kimbilá, pequeña comisaría de poco menos de cuatro mil habitantes del céntrico municipio yucateco de Izamal, exhibe un elaborado tatuaje de una cruz en el antebrazo derecho y de manera amistosa abre la puerta trasera de la Fort Bragg Bakery, la panadería más prestigiosa del condado de Mendocino, en el norte de California.

Su nombre es Misael Pat Uitz, pero todos en su pueblo natal y en California lo conocen como «Misa». Porta una playera naranja con la leyenda «Flour Power» (Poder de la harina, en español) y está dispuesto a contarnos cómo es que viajó más de 5000 kilómetros desde Yucatán, para preparar mil piezas de pan en un día en un lugar como Fort Bragg, donde se vive como en una villa europea.

«En verano podemos hacer unas mil 300 piezas al día, excepto los viernes, cuando preparamos hasta dos mil. En invierno la cuota diaria ronda las ochocientas y mil piezas. Todos los panes son orgánicos y se hacen con recetas europeas», dice, a modo de presentación de su trabajo. Faltan unos cuantos minutos para el cierre de producción.

Mientras enseña la variedad de alrededor de diez productos, entre los cuales sobresale el sourdough (masa agria en su traducción literal, aunque en realidad se llama masa madre) de San Francisco, baguettes de hierbas y bagels artesanales, «Misa» explica que el dueño de la Bakery es estadounidense, pero tiene ascendencia austriaca. Hace unos años heredó un castillo en el Viejo Continente, que a la postre vendió para cumplir el «sueño de toda su vida», que era tener una panadería.

«No es que me eche flores, pero la esposa (del propietario) me dice que otro de sus sueños era tener a alguien a quien pudiese enseñar lo que él sabía, y que conmigo lo está cumpliendo», cuenta orgulloso «Misa», quien también es el manager (encargado) del lugar, antes de soltar una carcajada.

Como otros jóvenes de Yucatán y de su pueblo, «Misa» migró hace más de 10 años sin papeles a los Estados Unidos para trabajar y tratar de conseguir una vida mejor que la que podía tener en su lugar de nacimiento, pues aquí en Fort Bragg podría ganar unos 30 mil dólares al año (unos 600 mil pesos mexicanos), tomando en cuenta que el salario mínimo por hora ronda los 10 dólares. Sin embargo, nunca imaginó que terminaría convirtiéndose en el panadero más reconocido de todo Fort Bragg, en uno de los establecimientos más demandados del norte de California, que inclusive llegó al grado de dejar de vender al público en general a causa de la altísima demanda de sus clientes.

Ahora, precisa «Misa», solo venden en wholesale (a grandes cantidades) a supermercados y tiendas. «Si quieren nuestro pan (que, dicho sea de paso, ronda los ocho y 10 dólares la pieza), lo tienen que comprar en algún sitio que surtamos», detalla.

El izamaleño, que trabaja en la Fort Bragg Bakery desde 2010, camina a la zona de los hornos, de los cuales están saliendo las últimas piezas artesanales del día, y comparte que, con el paso del tiempo y por su buen rendimiento, se fue ganando la confianza de sus empleadores a quienes califica no solo como «muy buenos jefes, sino excelentes amigos fuera del trabajo».

Desde 2014 es responsable, justo por debajo del dueño, de todo lo que ocurre en la panadería, que mide unos 35 metros de largo y 10 de ancho y está llena de diferentes hornos, mezcladoras y batidoras durante el transcurso del día.

«Pero como ahora ya casi no está, yo me encargo prácticamente de todo», añade.

Misael, como miles de yucatecos en el vecino país del norte, es una persona que desde muy joven se despidió de las comodidades de estar en casa, en Kimbilá, para sortear la frontera estadounidense y poder ganarse la vida y mejorar su condición económica.

«Ahora estoy muy contento, creo que porque descubrí que me encanta mi vocación, la panadería. Nunca imaginé que iba a tener una oportunidad como esta y, cuando la tuve, no la quise dejar ir», remata antes de despedirse, apagar una vez más las luces y cerrar la panadería, el lugar que permitió a «Misa» encontrar su verdadera pasión y lograr el sueño americano.