La economía de Yucatán continúa creciendo, pero cada vez a un ritmo más lento. Entre 2022 y 2023 el estado vivió una etapa de expansión sólida, con tasas trimestrales de actividad económica que rondaban entre 4 y 5 por ciento anual, impulsadas por el auge de las inversiones, el turismo y la construcción asociada a las megaobras federales. Ese ciclo marcó un periodo de dinamismo que colocó a la entidad como uno de los referentes de crecimiento en el sur‑sureste.
A partir de 2024, la curva empieza a cambiar. El crecimiento sigue siendo positivo, pero el gráfico muestra cómo las tasas trimestrales bajan a niveles cercanos a 2.5‑3.5 por ciento, reflejo de un entorno nacional más moderado y de una economía local que deja atrás el “subidón” de los años de fuerte obra pública. En otras palabras, Yucatán pasa de correr a buena velocidad a avanzar con paso más corto, sin detenerse, pero sin el mismo impulso de los años previos.

El quiebre más claro llega en 2025. De acuerdo con el ITAEE, el primer trimestre del año reporta un crecimiento anual de 1.8 por ciento y el segundo apenas de 0.4 por ciento, es decir, la actividad económica sigue en terreno positivo, pero prácticamente se estanca respecto al mismo periodo del año anterior. El mensaje de fondo es que la economía yucateca ya no puede sostener, por sí sola, el ritmo que le imprimieron las obras federales y el ciclo de recuperación postpandemia.
Detrás de esta desaceleración hay una economía partida en dos velocidades. Las actividades primarias y los servicios mantienen el crecimiento, empujados por el campo, el turismo, el comercio y los servicios empresariales; en cambio, el sector secundario –industria y construcción– pierde fuerza tras la reducción de proyectos de infraestructura de gran escala en la región. Así, el dinamismo de la economía diaria convive con una industria que avanza con mayor dificultad.
La proyección hacia el cierre de 2025 apunta a un crecimiento anual bajo, en torno a 1 por ciento. No es un escenario de crisis ni de recesión estatal, pero sí de una economía que se enfría y obliga a replantear la narrativa oficial del “milagro yucateco”: el reto ya no es solo presumir estabilidad y empleo, sino demostrar capacidad para sustituir el motor de la obra pública con inversión privada, innovación y mayor valor agregado.
Para la ciudadanía, esto se traduce en una sensación ambivalente: hay trabajo y cierta estabilidad, pero el margen para que mejoren los ingresos, se expandan los negocios o se abran nuevas oportunidades es más estrecho que hace unos años. El comportamiento del ITAEE lanza una advertencia clara: si Yucatán no encuentra nuevas fuentes de crecimiento, puede pasar de ser uno de los estados más dinámicos del país a uno que solo administra la inercia de un ciclo que ya quedó atrás.
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