México cerró 2025 con un crecimiento económico de apenas 0.6% anual, un nivel que evidencia estancamiento y limita cualquier mejora sustancial en el bienestar de la población, de acuerdo con datos de los indicadores trimestrales de la oferta y demanda global y ahorro bruto del INEGI. Aunque el cuarto trimestre registró un repunte de 1.8% anual, este desempeño no logra revertir un año marcado por la debilidad, con tres de los cuatro trimestres en terreno negativo o sin crecimiento.
Detrás de estas cifras, el impacto es directo sobre las familias. El bajo crecimiento se traduce en menos oportunidades de empleo, salarios que pierden poder adquisitivo y mayores dificultades para sostener el gasto diario. La caída de la inversión frena la creación de nuevos trabajos y limita proyectos productivos, mientras que la dependencia de importaciones encarece productos básicos. En este contexto, la debilidad económica deja de ser un dato técnico y se convierte en una realidad cotidiana para millones de familias que enfrentan una economía que no avanza al ritmo de sus necesidades.

Según el INEGI, el comportamiento del Producto Interno Bruto (PIB) confirma que la recuperación observada al cierre del año responde más a un rebote coyuntural que a una tendencia sólida. Durante el año, los trimestres registraron variaciones de 0.6%, -0.1% y -0.1%, lo que refleja una economía sin dinamismo sostenido. En términos per cápita, este crecimiento implica un retroceso real en los ingresos y en la calidad de vida.
El principal foco de alarma se encuentra en la inversión. La Formación Bruta de Capital Fijo acumuló una caída de -6.3% en 2025, con retrocesos constantes en los cuatro trimestres: -5.9%, -8.1%, -7.7% y -3.7%. Este indicador, clave para medir la expansión productiva, restó 1.5 puntos porcentuales al crecimiento del PIB, consolidándose como el principal lastre de la economía.
La caída sostenida de la inversión revela un problema estructural: el país no está renovando ni ampliando su capacidad productiva. Sin inversión en infraestructura, maquinaria y tecnología, la economía pierde competitividad, limita la generación de empleos formales y reduce su potencial de crecimiento a mediano y largo plazo.
En contraste, el consumo privado se posicionó como el único motor de la economía, con un crecimiento de 1.1% anual y una contribución de 0.8 puntos porcentuales al PIB. Este componente representó el 50.5% de la demanda global y alcanzó su mayor dinamismo en el cuarto trimestre. Sin embargo, especialistas advierten que un modelo basado en consumo, sin respaldo productivo, es insostenible a mediano plazo.
Otro indicador de vulnerabilidad es el aumento de las importaciones, que crecieron 3.1% anual y 9.7% en el cuarto trimestre. Este comportamiento refleja una economía que no produce lo suficiente para satisfacer su propia demanda, obligando a depender del exterior. Actualmente, las importaciones representan el 28.9% de la oferta total, lo que incrementa la exposición a choques externos y presiones inflacionarias.
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